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panJesús les dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre, y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” Juan 6:35

CRISTO: EL PAN Y EL AGUA DE VIDA

Por naturaleza, el alma del hombre, debilitada por el pecado, está vacía y famélica; necesita obtener el alimento necesario para saciar su hambre. Conoce el camino adecuado para obtenerlo, pero lo rechaza. En su orgullo busca otras alternativas porque se cree autosuficiente. No se permite depender de nadie, y menos de su Creador. Todos sus esfuerzos son casi vanos, aunque unos días come y otros no. Es lo que se dice: “Pan para hoy y hambre para mañana”.

Esta introducción podría ser parte del vivo retrato de aquellos hombres que en su afán de grandeza no admiten que Dios está detrás de todos y cada uno de sus logros. Se sitúan por encima de los demás, se sobreestiman, y se creen dioses capaces de conseguirlo todo sin ayuda de nadie. Sin embargo, en su interior se sienten solos, y reconocen que les falta algo. Sus éxitos no son suficientemente alentadores. Unos buscan el equilibrio, y otros se abandonan en su vida vacía donde les espera el fracaso, la desidia… Viven creyendo que no hay solución porque en su orgullo no ven más allá de su nariz; y abandonan este mundo sin haber encontrado lo que tan cerca estaba. ¡Cuánta tristeza!

En este consolador pasaje Jesús se presenta como el alimento de nuestra vida; el pan verdadero del Cielo; el pan de Dios que, descendiendo del Cielo, da vida a nuestras vidas y, por consiguiente, da vida al mundo. Él, evidentemente, no es pan común del que comemos físicamente hasta saciarnos, pero sí es pan espiritual que concede vida al alma; ese pan vivo que no sólo alimenta el cuerpo, sino que da alimento eterno para el alma eterna.

Dios Padre nos da a Cristo para que Él sea el proveedor que alivie nuestra alma mortal y alimente nuestras necesidades espirituales. En Él, en su labor única de Mediador y sacerdocio, en su muerte y expiación, en su gracia amor y poder…, en Él está todo lo que satisface las necesidades de las almas vacías, porque Él es “el pan y el agua de vida (Jn. 6:35; Ap. 22:17), y el agua viva (Jn. 4:10)”

“Si alguno comiere de este pan (la carne de Cristo, la cual dio por la vida del mundo), vivirá para siempre” (Juan 6:51); “más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (Jn. 4:14)

El pan es un alimento que necesitamos a diario; lo come el rey, el lacayo o el vagabundo. Es un alimento adecuado para jóvenes y ancianos, para fuertes y débiles, para hombres, mujeres o niños, nos gusta a todos por igual. Es un alimento altamente nutritivo para el cuerpo y para nuestra salud corporal; y del que nunca nos cansamos. La aplicación de estas cualidades a Cristo es demasiado obvia para precisar una explicación.

Él es exactamente el Salvador que se ajusta a las necesidades de todas las clases; necesitamos saciarnos con su carne, con su sangre, con su justicia, con su intercesión y con su gracia. O tenemos a Cristo o morimos en nuestros pecados. No hay otro camino sino el verdadero, el que da la vida, y vida en abundancia (ver Jn. 10:10).

Debemos ir a Jesús por fe; creer en Él y poner nuestras almas en sus manos. Si vamos de esta forma Cristo nos acoge y no se negará a salvar a todo aquel que acuda a Él, sin importar lo que haya sido anteriormente. Así, pues, debemos aferrarnos, confiar y depositar todo el peso de la salvación sobre Cristo. Cuando esto sucede, Él nos recibe con misericordia, nos perdonará, y nos recibirá como sus hijos amados para darnos vida eterna. (“Y al que a mí viene, no le echo fuera" Juan 6: 37)

Meditemos en ese beneficio que nos dejó Jesús con su cuerpo y con su sangre. Démosle gracias por cometer la hermosa locura de quedarse entre nosotros para darnos su gracia y su eternidad; mirémosle con fe para que no haya barreras, ni límites, ni restricciones. De esta manera lograremos satisfacer nuestra hambre espiritual, y encontraremos la felicidad que nuestros afanes y egoísmos no nos permiten obtener.

Cristo es la respuesta, no mires a otro lado, sino a Él. Mira la cruz y ríndete ante ella. Seguro que encontrarás la felicidad y la paz que andabas buscando.

¡A Él sea la gloria!

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