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Deuteronomio 6: 4 – 9

Deu 6Oye Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.

¿Hasta qué punto soy consciente de esta verdad y de lo que esto implica para mí y los que me rodean?

Tú, Señor, eres único, no hay más fuera de ti, eres el Dios de la historia, de la Escritura, del pacto, de la redención, …

Y esta verdad que ahora me es conocida debe de llevarme a amarte, pero además, amarte de una manera única y distintiva, con todo mi ser (corazón, alma, fuerzas).

Para esto ¿quién es suficiente?, ¿quién puede?

Cuando me dices que tu ley (o tu palabra) debe de estar en mi corazón, en mis labios, en mis manos y ante mis ojos como señal y colgada en mi casa ¿Es solo como un deber más o también como un medio para no olvidarla?

Hablar de ella, que no solo repetirla, en todo lugar y en todo tiempo, implica que tu palabra debe ocupar todo mi ser, todo mi tiempo y todo mi espacio.

Ayúdame a que esto sea así, pero no solo como un deber, sino como un placer igual que comer, no solo como una necesidad para subsistir, con desgana, sino saboreándola.