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Yo soy el buen pastor

cordero“Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas” (Juan 10:11).

Le preguntaron a cierto creyente que quién era su pastor.

— Jehová es mi pastor —respondió sin pestañear.

— ¿Entonces es usted Testigo de Jehová? —fue la consiguiente réplica.

Este jocoso incidente muestra la confusión a que se puede llegar en este asunto. Por un lado están aquellos que tienen un fe tan “teocéntrica” que menosprecian el hecho de que Cristo, cuando ascendió al Cielo, dio a la Iglesia “pastores y maestros” (Efesios 4:11). Pero por otro, están los que se someten servilmente a autoridades religiosas humanas (como vimos el pasado mes de agosto en Madrid) mientras ignoran por completo al “Príncipe de los pastores” (1 Pedro 5:4), que es Cristo Jesús mismo.

Cuando Cristo se presentó a sí mismo como “el buen pastor”, lo hizo entre otras cosas para manifestar claramente que él es el pastor por excelencia, de quien se deriva todo pastorado humano. La misión de todo pastor de almas es dirigir la atención de sus ovejas hacia “el gran pastor de las ovejas” (Hebreos 13:20). ¿Pero quién es este “buen pastor”, cuál es su función, por qué debemos seguirle? Estas y otras preguntas son las que queremos responder en este breve artículo.

El buen pastor es “Yo soy”. Este el nombre con que Dios mismo se reveló a Moisés y el nombre que Cristo adoptó para sí mismo: “Si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados” (Juan 8:24). En otras palabras, el buen pastor es Dios mismo, es aquel pastor al que David se refería en el Salmo 23, el que pastoreó a Israel como ovejas en el desierto (cf. Salmo 78:52).

Este pastor se llama a sí mismo “bueno” no solo por ser Dios sino también porque “NO COMETIÓ PECADO, NI ENGAÑO ALGUNO SE HALLÓ EN SU BOCA” (1 Pedro 2:22). Podemos, pues, confiar plenamente en él, porque, a diferencia de los dirigentes humanos, no hace falsas promesas o es incapaz de cumplir lo que promete, no busca su propia gloria, ni tiene intereses o propósitos inconfesables.

Pero, además, este pastor es bueno por su pericia: “Y él los pastoreó según la integridad de su corazón, y los guió con la destreza de sus manos” (Salmo 78:72). Vivimos en un mundo confuso y tenebroso, lleno de falsos guías y falsas expectativas; un mundo donde las multitudes se preguntan: “¿A quién iremos?” (Juan 6:68). La gente está desilusionada con tantos políticos, sociólogos, psicólogos y otros que son incapaces de darles respuestas a sus más profundos interrogantes y anhelos. Todos ellos son humanos y falibles y lo único que pueden decir es: “Esa es la verdad según lo que podemos intuir; seguidla y ved si funciona”. El buen pastor, sin embargo, dice: “Yo soy […] la verdad” (Juan 14:6).

Pero el máximo exponente de la bondad del buen pastor reside en que él “da su vida por las ovejas”. Como dice Pablo: “Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Alguien ha dicho que las palabras son baratas, cualquiera puede decirlas sin gran esfuerzo. Lo que el ser humano necesita son no buenas palabras sino buenos hechos. Cristo, ciertamente, tenía “palabras de vida eterna” (Juan 6:68), pero sus hechos estaban en consonancia con sus palabras. El amor de Cristo no consistió simplemente en palabras hermosas de ánimo y consuelo, sino en el hecho portentoso y singular de dar “su vida por las ovejas”.

Hay personas en este mundo que mueren por una causa, pero su muerte es más bien un accidente, un tropiezo, un obstáculo en su misión. Cristo, sin embargo, fue el único hombre que vino a este mundo con el propósito expreso de morir, y de hacerlo como parte de su misión y en el lugar de otros. Él dijo con respecto a su vida: “Nadie me la quita, sino que yo la doy de mi propia voluntad. Tengo autoridad para darla, y tengo autoridad para tomarla de nuevo. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:18). El buen pastor no arriesgó su vida, sino que la dio deliberadamente para salvar a otros.

Y esto último es lo más valioso para nosotros: que aquellos que estábamos “muertos en [nuestros] delitos y pecados” (Efesios 2:1) hemos “pasado de muerte a vida” (Juan 5:24) porque Cristo murió en nuestro lugar para que tuviéramos vida “en abundancia” (Juan 10:10).

Si tú andas por la vida “como [oveja] sin pastor” (Marcos 6:34), si te has descarriado por el desierto de este mundo, si te sientes perdido y desvalido, clama al “buen pastor”. Él vendrá a rescatarte, porque él vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Acude a él sin reservas, porque él prometió: “Al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera” (Juan 6:37).

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