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¿Qué me pongo? II

ropa2Colosenses 3 (continuación)

Hasta ahora hemos visto en Colosenses 3 de qué nos hemos de vestir, pero, ¿en qué consiste esta nueva ropa? Al igual que si nos dicen que debemos vestirnos de bomberos, quizá no sepamos en nuestro caso qué prendas concretas nos debemos poner. De eso habla la mayor parte de este pasaje, y son estas “prendas” las que veremos detenidamente a lo largo de esta serie.

Para empezar, decir que el pasaje divide la “ropa” en dos grupos: la que debemos quitarnos y la que debemos ponernos. Y son dos listas que debemos revisar enteras, comprobando una y otra vez que no nos sobra ni nos falta nada. Para una bailarina no es suficiente tener el maillot si no tiene las zapatillas de puntas. Y menos aún si en lugar de este calzado, se pone unas pesadas botas militares. Veamos ambas listas:

Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas.

Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, …

Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.

Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.

Más esquemáticamente, tenemos que despojarnos de:

  • Fornicación
  • Impureza
  • Pasiones desordenadas
  • Malos deseos
  • Avaricia, que es idolatría
  • Ira
  • Enojo
  • Malicia
  • Blasfemia
  • Palabras deshonestas
  • Mentir

 

Debemos vestirnos (“como escogidos de Dios, santos y amados”) de:

  • Entrañable misericordia
  • Benignidad
  • Humildad
  • Mansedumbre
  • Paciencia
  • Perdón
  • Amor

Del primer grupo, de la ropa que ya no vale, destaca cómo nos es presentada: “haced morir lo terrenal en vosotros”. No es sólo quitarnos la ropa vieja, es tirarla, destruirla. ¡Debemos matar estas cosas! Como parte de lo terrenal, del viejo hombre muerto y sepultado, toda esta ropa debe quedar enterrada. Por la misma razón, no se puede cambiar de ropa según la ocasión. No podemos ponernos las nuevas vestiduras en la iglesia o en casa y ponernos la vieja para salir al trabajo o con los amigos. En todo caso, debemos ir renovando nuestra ropa (3:10). Las viejas obras, hemos de dejarlas clavadas en la cruz.

Es importante destacar que ponernos las vestiduras del segundo grupo (o buenas obras), conjuntamente con el dejar la vestidura vieja (o pecados) forma parte del proceso que a veces se llama santificación. Nos vamos “renovando hasta el conocimiento pleno”. No debemos confundir este proceso de mejora, la santificación, con la justificación. La justificación es el momento en el que Dios nos declara justos mediante la fe en el sacrificio de Jesús.

La ropa que llevamos originalmente no tiene ningún valor para ganar el favor de Dios, ni siquiera la que nos intentemos poner, pues como se nos dice en Isaías: “Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Isaías 64:6). Nuestras mejores galas son trapos; trapos sucios. El único perdón o justificación viene como regalo de mano de Jesús:

“Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:22 y 23)

Recordad que si sois cristianos ya no sois esclavos del pecado. Si has sido perdonado y salvo por Jesús, debemos vivir para agradarle, y el pecado debería dolernos. Debemos hacer el esfuerzo de intentar vestirnos lo mejor posible. Como cristiano tenemos una gran promesa para recordar: nuestra vida “está escondida con Cristo en Dios” y “cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria”.

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