Podemos estar confinados pero intranquilos. Dios nos llama en medio de la cuarentena a la quietud y a la confianza en Él.

Al salir de casa, y esto por alguno de los motivos permitidos en el estado de alarma, solo se oye un desacostumbrado silencio. Una alfombra de quietud se ha desplegado sobre el país.

jdfhjdjnxmn En estos primeros días de confinamiento el Señor ha traído a mi mente de forma repetida unas palabras: “Quietos, quietos, quietos”. “Estad quietos”. Acudo a la Biblia y medito en el Salmo 46 que parece haber sido escrito para ocasiones como esta.

¡Qué inquietud entre la gente! ¡Qué intranquilidad y desesperanza! Fuera, la situación es grave. Dentro, para algunos puede llegar a ser difícil. Nuestras costumbres han cambiado de la noche a la mañana. Nuestras rutinas, nuestros hábitos, aquello que formaba parte de nuestra vida casi ya de manera instintiva se desmorona. El Salmo 46:2 habla del desmoronamiento de los montes, aquello que se nos presenta como sólido e inalterable. ¡Qué tremendo si viéramos una gran y majestuosa montaña deshacerse a nuestros pies! ¡Qué pánico nos invadiría!

En todo el mundo, en nuestro país, todo está sufriendo una agitación inusual. Todo está inseguro. Según las autoridades “lo peor aún está por llegar”. Me crié al lado del Mar Cantábrico, característico por su furia. El Salmo 46:3 nos habla del mar, aquello que nunca está quieto aunque a veces lo parezca. Nos habla del bramar de las aguas, de su rugido, de las olas encrespadas y espumosas por su agitación, con intensidad tal que hasta los mismos montes pueden temblar.

Montes que se desmoronan y mar que ruge furioso. Sin embargo, aunque todo esto llegase a ocurrir (y ¿quién dice que no esté ocurriendo?), este poema comienza con una frase de ánimo, resistencia y confianza: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46:1). La tribulación puede ser el Covid-19 o cualquiera de sus muchas consecuencias, o ambos. Sin embargo, Dios es más fuerte que cualquier tribulación o que todas ellas juntas. Para el salmista Dios es una protección, un refugio, un castillo que ofrece seguridad en momentos de desamparo. Dios es nuestro lugar alto al cual acudir en momentos de peligro, dispuesto a ofrecer su ayuda, su pronta ayuda cuando hay problemas. Alguien a quien fácilmente se le puede encontrar. “Por tanto no temeremos, ...” (Salmo 46:2) aunque los montes se desmoronen y brame el mar.

La base de la confianza que el autor de este poema nos quiere transmitir es que “Jehová de los ejércitos está con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob.” (Salmo 46:7). El Todopoderoso, el Jefe de los ejércitos celestiales, el Dios del universo está con nosotros. No hay nadie mayor que Él. El más fuerte, el que todo lo puede, el Creador, Dueño y Señor de todo está con nosotros. ¿De quién o de qué vamos a temer si el Vencedor es nuestro refugio? Así es el Dios de Jacob. Es verdad que Jacob tuvo una vida turbulenta, confusa, alborotada, rebelde, como los montes que se desmoronan o como el mar rugiendo en toda su bravura. Pero Dios tomó su impetuoso caminar sin rumbo y lo encauzó para bien, dándole a su irreflexivo peregrinaje un propósito de vida, convirtiéndolo en canal de bendición para otros. Del mismo modo, Dios es el único que puede cambiar lo torcido y ponerlo derecho. Dios es el único que de una tragedia puede hacer que florezca bendición. Y ese Dios, el Todopoderoso, está con nosotros aunque todo cambie de repente. ¡Qué tranquilidad!

Los enemigos de Dios se amotinaban contra su pueblo. Sin embargo, el salmista anima a sus gentes a contemplar las obras de Dios, sus prodigios, sus milagros, su liberación. En el pasado Dios les sacó con victoria de la esclavitud de Egipto. Les hizo pasar el Mar Rojo en seco. Les dio provisión durante todo su peregrinaje por el desierto, a pesar de su falta de confianza. Y finalmente los introdujo en la tierra que les había prometido. Son a estos hechos a los que tenía que mirar el pueblo en momentos de prueba, cuando los montes se desmoronaban y el mar rugía: “Venid, ved las obras de Jehová, ...” (Salmo 46:8). ¿No veis lo que Dios ha hecho en el pasado? ¡Él no ha cambiado! ¡Volverá a hacer proezas! ¡Confiad! ¡Confiad!

Es probable que la ocasión que motivó la composición de este Salmo haya sido el intento de invasión de Jerusalén por parte Senaquerib, rey de Asiria, durante el reinado de Ezequías (2 Reyes 18, 19; Isaías 36, 37). Esta historia me lleva a pensar en otra historia de invasión: la que vivieron el rey Josafat y sus soldados. Este relato es uno de mis favoritos, aunque, para vergüenza mía, reconozco que no acudo tan a menudo como debería a su enseñanza con el objeto de fortalecer mi fe. Tres ejércitos “... se movilizaron para atacar a Josafat” (2 Crónicas 20:1). “Josafat se asustó y recurrió al Señor” (2 Crónicas 20:3). El rey, delante de su pueblo, reconoce el señorío y la potestad de Dios. Se acuerda de los hechos maravillosos del Señor en el pasado y, sobre esta base, quién es Dios y lo que Él ha hecho, clama ante Él: “... nos sentimos indefensos ante esta enorme multitud que nos ataca y no sabemos qué hacer, si no es poner en ti nuestra mirada.” (2 Crónicas 20:12).

En este momento Dios da claras instrucciones a Josafat. Entre otras órdenes le dice: “Deteneos y quedaos quietos ...” (2 Crónicas 20:17). Lo normal para un ejército en situación de invasión es luchar. Pero Dios quería que en esta ocasión no lucharan sino que se quedaran tranquilos, quietos. El Señor les concede la victoria “sin que ellos muevan un solo dedo”. En el Salmo 46:10 Dios también demanda quietud: “Estad quietos, ...”. Quizá se dirige a los pueblos asaltantes para que abandonen sus pretensiones invasoras. Ellos, los invasores, tenían que reconocer que Dios es Dios y que no hay otro dios fuera de Él. Pero, sin duda, también se dirige a su pueblo, a los que estaban atemorizados, asediados, con un futuro nada prometedor ante sus ojos. “Estad quietos, ...”. A nosotros también se nos ordena hoy estar quietos, en cuarentena, por un virus que amenaza nuestra vidas. Las circunstancias son otras, los tiempos también, pero en el fondo la experiencia es la misma: vidas en peligro, miedo generalizado, temor a la muerte, futuro económico incierto, inseguridad, desasosiego. ¿Estaremos quietos? ¿Estaremos quietos en confianza?

¿Qué propósito esencial tenía este mandato de “estar quietos”?: “Estad quietos, y CONOCED QUE YO SOY DIOS” (Salmo 46:10). Dios quiere que le conozcamos, no tanto con el intelecto, que quizá de eso vamos sobrados, sino de forma experimental. Nuestro ajetreado estilo de vida, corriendo sin parar, perdiendo siempre la batalla contra el infatigable reloj, no nos brinda muchas oportunidades de quietud. Acaso Dios ha permitido estas circunstancias para que, obligados a “estar quietos” invirtamos nuestro precioso tiempo en buscarle a Él. Pero buscarle en serio. ¿O es que estamos satisfechos? Quizá nuestra meditación y estudio de la Palabra son pobres y rápidos. Y ¿qué de nuestra oración? Oramos corriendo y poco más que por nosotros y los nuestros, y casi siempre solo para pedir. ¿Cuándo ha sido la última vez que hemos dedicado un dilatado tiempo solo para reconocer quién es Dios y adorar su nombre? Tal vez haya hábitos, actitudes personales, situaciones en nuestra vida que necesitan algún ajuste. Grandes hombres y mujeres de Dios a través de sus biografías escritas también nos pueden inspirar en estos días.

Alguien dijo que es necesario desarrollar el hábito de la quietud para conocer a Dios. Con Josafat, con Ezequías y en otras muchas e innumerables ocasiones el pueblo de Dios ha obtenido, a través de la quietud y la confianza en el Señor, un mayor conocimiento personal e íntimo de Él, de sus obras, de su propósito, de la majestad de su nombre.

Este es el momento para sentarnos tranquilamente y preguntarle al Señor qué quiere de nosotros en esta quietud impuesta. “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios ...”.

Publicado con permiso

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