v iejomanosLa tercera edad es, sin duda, la etapa más complicada de nuestra corta vida. Es cuando nuestro cuerpo, más envejecido y más débil, sufre las consecuencias del desgaste físico; dolencias, enfermedades o disfunciones orgánicas aparecen por doquier y, por ende, no podremos auto valernos, necesitando los cuidados de terceras personas.

Por esta razón, todo debe de estar muy claro. Por una parte, lo físico —los cuidados, la comida, medicinas, etcétera—, por otra, lo material —las posesiones, herencias y legados— y, por último, el tema espiritual —nuestras creencias, fe, salvación y destino. Todo debe estar muy claro. Todo debe estar muy meditado. No puede haber ninguna duda.

Evidentemente, nadie quiere morirse y, por consiguiente, cuidaremos inmejorablemente de nuestro cuerpo físico. En cuanto a las posesiones, son todo nuestro tesoro en la tierra, y aunque en nuestra fantasía imaginativa creemos que son para siempre, en nuestra realidad cotidiana sabemos que se quedarán aquí donde las adquirimos y, por tanto, meditaremos concienzudamente a quién las legaremos. Pero, llegados al punto espiritual, solo nos queda meditar, reflexionar, saber, indagar, descubrir, y decidirnos acerca de nuestra salvación. Pues, el tema de la salvación es la tarea más importante del ser humano, porque todo lo demás de aquí, es efímero, temporal y perecedero, pero todo lo de allí, esto es, la eternidad, es para siempre y solo hay dos caminos: cielo o infierno, esto es, salvos o condenados.

Salvos o condenados
¿Qué...? ¿Salvos? ¿Condenado? ¿De qué? ¿Por qué?... Estas y otras muchas preguntas fluyen por nuestra mente haciéndonos reflexionar. Y exclamamos desesperados: ¡Si toda mi vida ha sido hacer el bien al prójimo! ¡No he robado, ni matado! ¡Mi comportamiento ha sido ejemplar! ¡No sé por qué voy a condenarme! ¿De qué, pues, tengo que arrepentirme para salvarme?

El pecado del hombre y las consecuencias del pecado
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Genesis 1:26-27), esto es, con las cualidades naturales de santidad, inocencia, amor, misericordia, etc. Sin embargo, todo esto lo perdió cuando el pecado entró en su vida —perdió la imagen de Dios y corrompió su naturaleza. Por consiguiente, por causa de la transgresión de un hombre la muerte entró en el mundo, pasando esta «a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12). Por tal, nuestra comunión perfecta con Dios desapareció dando lugar a una naturaleza caída y destituida de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Esta separación ha afectado al hombre en cada aspecto de su ser y ha condicionado su vida al igual que su destino eterno.

cruz 3569071 1920Con este alejamiento los seres humanos hemos pasado de un estado de inocencia a un estado de depravación total, manteniendo para siempre «cauterizada la conciencia» (1 Timoteo 4:2), es decir, con la conciencia insensible e incorregible ante el pecado. Esto nos ha convertido en enemigos de Dios (Romanos 8:7), ya que no queremos someter nuestros actos a su ley. Así, por nuestra rebeldía, somos declarados culpables ante el Tribunal de Cristo (Romanos 14:10b), «de manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí» (Romanos 14:12), «para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo» (2 Corintios 5:10).

Cristo, nuestro remedio
Primero. Hemos de saber que el objetivo principal de Dios es mostrar el plan perfecto que Él ha previsto para la salvación del hombre. Dios nos ha revelado en la Biblia que para solucionar la ruina del hombre (Romanos 1:18-32) ha provisto de un remedio salvífico: Jesucristo, «su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16). Este, pues, es el tema central revelado en la Escritura.

Segundo. Como ya hemos visto, por causa del pecado estamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23) y nuestro castigo es la muerte (Romanos 6:23).

Tercero. Dios ama al hombre (Jeremías 31:3) y quiere librarlo de su juicio al pecado (Romanos 5:9; 1 Tesalonicenses 5:9), esto es, quiere evitarle el pago eterno de las consecuencias de ese pecado (2 Timoteo 1:9; Tito 3:5), lo que implica el perdón de los mismos. En consecuencia, solo Dios puede perdonar y condonar nuestra deuda.

Cuarto. ¿Cómo nos salva Dios? Dios nos ha rescatado a través de la muerte de Cristo en la cruz (Juan 3:17; Romanos 5:8; 1 Corintios 15:3). Su obra redentora es perfecta y su subsiguiente resurrección lo que logró nuestra salvación (Romanos 5:10; Efesios 1:7).

Quinto. Dios espera que los pecadores se arrepientan y acepten el sacrificio de Jesucristo como pago por sus pecados (Marcos 1:15; 2 Pedro 3:9; Hechos 3:19). La Escritura es clara, en que la salvación es el bondadoso e inmerecido regalo de Dios (Efesios 2:5, 8) que sólo está disponible a través de la fe en Jesucristo (Hechos 4:12).

Sexto. ¿Qué debo hacer para ser salvo? Nada en especial ¡Todo está hecho! ¡Solo cree en el Señor Jesucristo! (Hechos 16:31). Esta salvación no proviene de nosotros, sino por la gracia de Dios, por medio de la fe. Por tanto, no es por obras para que nadie se gloríe en ellas (Efesios 2:8-9), ni podemos auto salvarnos, sino que es por la fe que conlleva obras (Santiago 2:17). Es el don inefable de Dios para los que creen en Cristo (2 Corintios 9:15).

Séptimo. Dios envía al Espíritu Santo a capacitarnos para la nueva vida. (Hechos 2:38-39; 5:32; Romanos 8:14).
En resumidas cuentas, primero debemos oír el evangelio, esto es, las buenas nuevas sobre la muerte y resurrección de Jesucristo (Efesios 1:13), y después, debemos creer confiando totalmente en el Señor Jesucristo (Romanos 1:16). Esto incluye, también, el arrepentimiento, es decir, un cambio de mentalidad acerca del pecado y de Cristo (Hechos 3:19). Y, en consecuencia, debemos confesar con nuestra boca el nombre de Jesus como Señor y salvador (Romanos 10:9-10).

Conclusión
Por eso, querido lector, no debemos elegir al Cristo folclórico de las imágenes, de las pinturas e iconos religiosos, de las procesiones o de las tradiciones, porque ¡Dios lo prohíbe! (Exodo 20:4-5), porque Dios —la Divinidad—, no es «semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres» (Hechos 17:29), porque debemos guardarnos de los ídolos (Juan 5:21), etc. Además, «Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen oídos, y no oyen; tienen nariz, y no huelen; tienen manos, y no palpan; tienen pies, y no caminan; no emiten sonido alguno con su garganta» (Salmos 115:5-7). Hay muchísimos versículos que nos advierten del pecado de idolatría, pero cabe destacar que Dios nos ordena no poner otros dioses antes que a Él —imágenes, personas, dinero, trabajo, deseos... (Exodo 20:1) y que de ninguna manera compartirá, ni dará su gloria y alabanza a esculturas (Isaías 42:8).

jesus 3323153 1280Así que, no te engañes, no digas «venero, pero no adoro», porque venerar es dar culto y dar culto es adorar. Por ende, uno es el Cristo de la tradición y el otro es el Cristo que Dios nos ha revelado por medio de Su palabra. No son iguales. El primero te lleva a condenación y el segundo a salvación eterna.

Reflexión
Por tanto, si no eres de Cristo, no dejes este asunto para mañana. Ve a Cristo ahora, cree en Cristo ahora, ríndete a Cristo ahora, llama a Cristo ahora..., Él te recibirá ahora. No te aferres a la riqueza de aquí porque será pobreza allí. Cree en el Señor Jesucristo porque Él es «el único mediador entre Dios y los hombres» (1 Timoteo 2:5), y porque «el que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (Juan 3:18).

Sabemos que nuestra vida terminará; es muy corta, pasajera y temporal. Nos han dicho que hay que aprovecharla antes que la muerte llegue, porque «eso es lo que nos vamos a llevar». Y, en parte, es verdad, porque «todo lo de aquí, aquí se queda», pero también, es cierto, que nuestros actos de aquí se juzgaran allí (1 Corintios 5:13). Así que, no digas que ya es tarde para ti, porque nunca es tarde mientras hay vida. Arrepiéntete, y cree en el Hijo de Dios, porque solo y exclusivamente a través de Él hay salvación.

¿Quieres conocer verdaderamente a Cristo? (Romanos 8:9)

¡Tú eliges!

«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora…».  Eclesiastes 3:1-15

Soli Deo Gloria

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